El sentido de la vida

Quizá, solo estemos aquí para disfrutar la vida. Quizá, solo solo sea para ver qué tan lejos somos capaces de llegar. En esta búsqueda por encontrar sentido, creo que hay algo más que le da significado a la vida.

La vida pasa muy rápido.


Parece haber sido ayer cuando rompí la ventana con un balón de fútbol jugando dentro del salón de clases. Salimos corriendo por las escaleras al mismo tiempo que, las directoras cuya oficina estaba exactamente donde cayó el cristal, venían corriendo hacia arriba para ver qué demonios había sucedido.


La directora preguntó —¿qué acaba de pasar? —instintivamente fingí demencia y dije— no lo sé, escuchamos el ruido y bajamos corriendo. No tardaron mucho en darse cuenta qué había ocurrido realmente. No necesitabas ser Sherlock Holmes para deducir que una ventana rota más balón de fútbol era igual a estudiantes haciendo de las suyas.


Este momento, esta historia, es de lo que está compuesta la vida, quizá para algunos, es lo que da sentido a la misma. ¿Cuál es el sentido de la vida sino más que experiencias y una que otra buena historia? Experiencias buenas, malas, tristes, alegres, legendarias o cotidianas, pero experiencias al fin.


Todas estas historias dejan marcas en nosotros. Crean cicatrices emocionales que, con una sola fotografía o anécdota contada por uno de los participantes, podemos regresar a ese mismo sitio y sentirnos exactamente igual que cuando ocurrió dicho acontecimiento. Quizá, no son las historias que vivimos, sino las emociones que éstas despiertan en nuestro ser.


En una entrevista con Tony Robbins, lo escuche decir que la calidad de nuestra vida es la calidad de nuestras emociones, y a pesar de estar relativamente de acuerdo, me parece importante agregar a este argumento ya que simplifica de más el camino que nos espera por recorrer.


Este argumento nos hace pensar que, si queremos tener una gran vida, una vida con sentido, debemos tener emociones positivas todo el tiempo, y solo así, podremos decir que tuvimos éxito o una gran vida. Nos hace pensar que tener emociones negativas es algo malo y no debería de ocurrir. Obviamente, no te quieres sentir miserable todos los días, eso sí que sería algo muy jodido, pero creo que es importante apreciar todos los matices y ver cómo mejoramos ante ello.


“Es más exacto decir que el presente causa el significado del pasado que decir que el pasado causa el significado del presente”— escribe el Doctor Benjamin Hardy, y me hace pensar que, todas esas emociones negativas, pueden ser algo bueno porque nosotros definimos el día de hoy qué significa lo que ocurrió y cómo puede beneficiarnos. Esto, nos debería enseñar a apreciar los malos momentos.


Porque los malos momentos son parte de lo que nos hace humanos. Son necesarios para poder apreciar realmente los buenos. Nuestra capacidad de sentir alegría, felicidad, plenitud y éxtasis, está limitada por nuestra apertura y vulnerabilidad a sentir de igual manera tristeza, frustración, vergüenza y enojo. No puede existir una sin la otra.


Existen otros problemas con este argumento. Las emociones son jodidas, ¿no? Las emociones son las que nos hacen comernos esa dona cuando prometimos que nos íbamos a cuidar. Las emociones son las que nos hacen estar con alguien más a pesar de estar en una relación seria. Las emociones nos pueden volver terribles seres humanos. Las emociones no saben distinguir de lo que está bien o mal, simplemente, saben qué nos hará sentir placer aunque sea por unos segundos, aunque destruya todo lo que hemos venido construyendo.


Una buena vida, en mi opinión, sí depende en gran medida de las emociones con las que convivimos todos los días. Pero creo que, más importante que la emoción por sí sola, es cómo llegamos a ella.


Puedes perder peso pasando por una cirugía bariátrica, pero nunca cosecharas la gama de emociones que aquella persona que lo hizo a base de alimentación y ejercicio. Puedes volverte millonario de la noche a la mañana al ganar la lotería, pero nunca sentirás la plenitud y el orgullo en tí mismo como aquel empresario que arriesgo todo para lograrlo. Puedes engañarte a tí mismo y crear un cóctel neuroquímico que te haga sentir feliz por unos cuantos minutos (vivimos en la época perfecta para ello), pero el hacerlo de esta manera, el solo vivir para experimentar emociones positivas, en el largo plazo te dejará vació, sin sentido, sin un porqué.


Entonces, si solo buscar tener emociones positivas no es la respuesta, ¿cuál es?


¿Has corrido alguna carrera?


A menos que seas como ese amigo (todos tenemos un amigo así) que, se la pasa subiendo historias de los cientos de kilómetros que recorre cada semana, puede que no hayas disfrutado tanto el entrenamiento.


Despertarse temprano, dejar de tomar alcohol, comer mejor, dormir a buena hora para rendir al máximo, son solo algunos de los sacrificios que debiste hacer para poder lograrlo.


Y seamos honestos, en la carrera tampoco la pasaste tan bien. Era el primer kilómetro y ya te preguntabas, por qué demonios estabas haciendo esto. Empezaste a considerar que te odiabas a tí mismo, y ésta, era una forma más de castigarte. Pero lo más probable es que algo ocurrió al final, algo ocurrió cuando recibiste tu medalla.


La medalla no era un simple premio por haber acabado. La medalla significaba algo más; significaba sacrificio y trabajo, significaba potencial, significaba una mejor versión de uno mismo. ¿Te das cuenta? No se trata de correr una carrera, se trata de la persona en la que te tuviste que convertir para hacerlo. No se trata de una medalla, se trata de ese potencial que todos tenemos dentro, y en ocasiones, solo hace falta un pequeño empujón para poderlo alcanzar.


Alcanzar nuestro potencial… suena como un buen sentido para la vida, ¿no?


Andy Frisella, CEO de la compañía de suplementos alimenticios 1st Phorm, habla de la obligación que tenemos con nosotros mismos y con el mundo de desbloquear nuestro verdadero potencial, de alcanzar esta mejor versión de nosotros mismos. Y en lo personal, me encanta esa idea.


Me encanta la idea de que debajo de todos nuestros miedos, todas nuestras inseguridades y todas nuestras excusas, existe una versión de nosotros mismos capaz de trascender. Una versión que tiene los mismos miedos, pero eso no la detiene a tomar acción. Una versión que se siente inseguro en ocasiones, pero aún con esos sentimientos, se atreve a invitar a esa persona a salir. Una versión que se vuelve responsable de todo lo que sucede en su entorno destruyendo cualquier excusa.


 

¿BUscas mejorar con suplementos?

Conoce en esta guía gratuita cuáles son los mejores.
















 

Al ganar el Oscar en 2014, Matthew McConaughey menciona en su discurso que en alguna ocasión, alguien importante en su vida le preguntó quién era su héroe. Después de pensarlo un tiempo, le responde que su héroe es él mismo dentro de 10 años. 10 años después, esta misma persona le pregunta —y entonces, ¿ya eres un héroe?— a lo que Matthew responde —no estoy ni cerca, mi héroe soy yo dentro de 10 años más.


¿Lo puedes ver?


Nunca va a alcanzar a su héroe, nunca va a alcanzar esa mejor versión, pero tener a alguien a quien perseguir, tener potencial que desarrollar, lo mantiene yendo hacia adelante, lo mantiene con un sentido que darle a su propia vida. La realidad es que no existe esa mejor versión de uno mismo. Podemos tener días donde actuamos tal y como nos gustaría ser, pero siempre habrá algunos otros donde esa mejor versión parece escaparse de nuestras manos.


Y no necesariamente necesitamos que exista esa versión. Lo que necesitamos es a quien perseguir; perseguir a ese héroe que se encuentra a 10 años de distancia de donde estamos actualmente. Necesitamos a esa persona que se atrevió a hacer aquello que nos parece imposible en este momento. Necesitamos esa mejor versión que nos recuerde que somos capaces de más, y de querer alcanzarlo, debemos tomar acción hoy.


Pero como todas estas ideas, solo buscar alcanzar nuestro potencial, tiene problemas, tiene una que otra laguna. Mark Manson, escritor estadounidense de libros como El Sutil Arte de que te Importe un Carajo, menciona cómo una persona feliz no busca ser feliz, simplemente lo es. Una persona segura de sí misma no necesita verse en el espejo cada mañana y recordarse que tiene confianza en sí misma. Simplemente, lo es y la tiene. Y si todo el tiempo estamos buscando está mejor versión, este potencial ilimitado, ¿cuándo podremos solo ser?


Somos “seres” humanos, y solo ser, es algo inalcanzable cuando siempre estamos tratando de ser mejores, cuando siempre estamos tratando de alcanzar nuestro yo dentro de 10 años. La búsqueda de la mejor versión, si no tenemos cuidado, se puede convertir en la destrucción de la misma esencia de quienes somos. La búsqueda insaciable de las metas y de nuestro potencial puede cegarnos de todo lo maravilloso que nos rodea y de las pequeñas cosas que se originan en el proceso.


Al notar solo el número en la báscula al bajar de peso, perdemos noción de cómo el entrenamiento nos hizo dormir mejor, nos dio más energía, nos dio mayor claridad mental, e inclusive, tuvimos mejor sexo. Al percatarse únicamente del número en el estado de cuenta, nos volvemos incapaces de apreciar el impacto que podríamos tener en la comunidad y en la vida de las personas que nos rodean.


Tenemos la obligación con nosotros mismos y con la comunidad de buscar ser mejores personas, pero también tenemos la obligación de parar un momento con esta búsqueda interminable del potencial ilimitado, de atestiguar lo bello que puede ser el mundo, y permitirnos, aunque sea por un momento, aunque sea por un instante, solo ser.


Al igual que con las emociones positivas, alcanzar nuestro potencial puede llevarnos por un sendero equivocado. Las señales claramente decían que debías ir por la izquierda, pero el mensaje del mundo, el buscar ser siempre mejor, te hizo dudar de tu propia intuición y terminar virando hacia la derecha. Y si no logras regresar en algún momento, el destino podrá no ser lo que esperabas.


Buscar la mejor versión de nosotros mismos es un cargo al cual debemos aspirar, pero hay algo que le falta a esta idea, y para poder entender más a fondo, necesitamos echar mano de un concepto japonés conocido como Ikigai.

No lo puedo decir con certeza (probablemente no sea correcto, pero fue lo que encontré y estaba bonito), pero se cree que la palabra Ikigai combina las palabras ikiru, que significa “vivir”, con la palabra kai, que significa “la realización de lo que uno espera”. Juntas, dan lugar al concepto Ikigai que, de acuerdo a los japoneses, puede ser lo que buscamos para darle sentido a nuestra vida o la razón de ser.


Este concepto, esta filosofía de vida, considera 4 factores para encontrar la razón de ser o el sentido de la vida. Los 4 factores son: lo que amas, lo que el mundo necesita, para aquello que eres bueno, y finalmente, aquello por lo que podrías cobrar o ser remunerado económicamente.


Como un diagrama de Venn, cada uno de estos factores se cruza con los demás para crear distintos resultados, y en el centro donde chocan estos cuatro, se encuentra Ikigai, nuestra razón de ser. Para esto es importante ver cada uno de estos factores de manera aislada de los demás, los resultados que se crean al cruzarse con otros, y qué podemos sacar de todo esto.


El primer factor es algo que amas. Y suena maravilloso, ¿no? No por nada una de las frases que más ves en redes sociales es “haz lo que amas y no trabajarás un día en tu vida”. A pesar de ser un concepto hermoso, me parece que es también muy peligroso si no se une con los demás dentro de esta filosofía o si tus expectativas van totalmente en línea con esa famosa frase.


Creo que fue Steve Jobs el que hizo famosa esta idea en ese viral discurso en la graduación de Stanford del 2005. Él, fue el culpable de sembrar esta idea en todos nosotros dando vida a una imagen de una persona que, absolutamente todos los días, despierta motivada y emocionada con lo que le depara este lunes mientras que tú ya le picaste al snooze por octava vez, y el simple hecho de tener que arreglarte, provoca que se te duerma un poco el brazo izquierdo y sientas palpitaciones irregulares en el pecho.


Pero, ¿realmente crees que exista esto? Puedo pensar en la profesión que sea, y te puedo asegurar con una certeza inquebrantable que, hay cosas que deben hacer, que odian con toda su alma. Los actores aman estar frente a la cámara, pero esa película donde el estudio invirtió millones de dólares, no se promocionará sola. Los futbolistas aman estar en la cancha, pero la disciplina y los sacrificios que deben realizar, no creo que sean de su total agrado.


En todos los trabajos, todas las profesiones y todos los emprendimientos que puedas llevar a cabo, habrá cosas que debes hacer que no vas a amar. Por esta razón, este factor por sí solo puede traer problemas, y de poder encontrar la razón de ser, debemos cruzarlo con los demás.


El segundo factor es aquello que el mundo necesita.


En su libro, El Camino al Carácter, David Brooks menciona que, la forma en la que la gente encontraba su razón de ser, era muy distinta en eras pasadas. Las personas entendían que, en relación con la gran escala de la historia, su presencia en el mundo era ínfima y pasajera. Sabían que el mundo ya existía mucho antes que ellos y seguiría existiendo mucho tiempo después de que ellos lo dejaran. Por lo tanto, en ese breve periodo de tiempo que llamamos vida, su razón de ser no se encontraba en algo interno, sino se encontraba en algo externo.


“Realmente no importaba lo que esperábamos de la vida,” escribió Viktor Frankl, psiquiatra judío que estuvo preso en distintos campos de concentración durante la segunda guerra mundial, “sino lo que la vida esperaba de nosotros. Necesitábamos dejar de preguntarnos el significado de la vida, y en cambio, pensar en nosotros mismos como aquellos que estaban siendo cuestionados por la vida.”


Si algún poder superior, si Dios, si el azar, si la suerte, si la evolución, si el destino o cualquiera de estas habían sido responsables de ponerles en este punto de la historia, y exactamente con esas circunstancias, era su misión descifrar las siguientes preguntas: ¿Qué necesita el entorno de mi para completarse? ¿Qué necesita ser arreglado? ¿Qué tareas están esperando ser realizadas? ¿Qué puedo aportar al mundo y a mi comunidad?


Este tipo de preguntas son muy distintas a las que nos hacemos el día de hoy. Actualmente, en una era de autonomía individual como le llama David Brooks, nos hacemos preguntas como: ¿Qué quiero de la vida? ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Qué me apasiona? Todo está centrado en uno mismo y nos olvidamos por completo del impacto de nuestras acciones en la gente que nos rodea y la razón de ser.


Para tener significado en nuestras vidas, las acciones que tomamos deben tener un fin mayor que nuestro propio beneficio. Y la mejor manera de hacerlo, es preguntándonos: ¿qué necesita el mundo de mí?, en lugar de, ¿qué necesito yo del mundo?


El tercer factor es aquello para lo que eres bueno.


Y creo que existe más de una vertiente en la que podemos navegar con el tercer factor: aquello en lo que destacas de forma innata, y segundo, para lo que eres bueno después de haber practicado durante mucho tiempo.


Existe una ferviente y controversial discusión de naturaleza versus crianza. Por un lado, tenemos la idea de que nuestras capacidades son determinadas por nuestros genes, y si destacamos en algo, es porque nuestros padres nos heredaron dichas herramientas. Y por el otro lado, tenemos la idea de que los seres humanos son capaces de aprender y adaptarse a su entorno, y si somos buenos en algo, será porque utilizamos esta capacidad humana para desarrollar dicha habilidad.


En lo particular, creo que existe un poco de ambas en todos nosotros. Nuestros genes sí determinan nuestro potencial, pero nuestro entorno, nuestro esfuerzo, nuestros sacrificios, y nuestra dedicación, determinarán si logramos explotar dicho potencial. He visto gente muy talentosa echar por la borda todo su potencial porque no estaban dispuestos a hacer sacrificio alguno para poder alcanzar sus metas.


Por lo tanto, sí vamos a gravitar a ciertas habilidades, industrias, intereses, pero la realidad es que nada de eso importa si no estamos dispuestos a hacer los sacrificios necesarios o dar los pasos que demanda nuestro potencial genético. No importa qué tan buenos genes tengas para ser futbolista si no entrenas y te alimentas adecuadamente. No importa qué tanto potencial tengas para los negocios si te da miedo vender tu idea al mercado. No importa haber ganado la lotería genética si no tienes la disciplina, la firmeza de carácter, la perseverancia, y la fortaleza mental para poder llevar tus sueños más ambiciosos al mundo físico.


Tus genes importan, pero importa mucho más la mentalidad con la cual afrontas las cartas que te tocaron. Porque de querer ganar en la vida, vas a tener que jugar. Y quizá el repartidor parece haberse ensañado contigo, pero depende de ti, y es tu responsabilidad, volverte tan bueno como tu potencial lo permita.


Y es curioso. En realidad, solo existe una forma de saber qué tan buenos podemos ser. No necesito decirte cómo. Solo necesito que te quedes con la siguiente idea: puedes mejorar. Quizá no llegarás a ser el siguiente Lebron James si practicas durante años basketball, pero definitivamente, serás mejor que el día de ayer. Y si algo te llama la atención, si gravitas a ciertos intereses o habilidades, creo que tienes una responsabilidad contigo mismo de averiguar qué tan bueno te puedes volver, qué tan lejos eres capaz de llegar, ya que, solo así, podrás saber para qué eres bueno.


El cuarto y último factor es aquello para lo que podrías cobrar.


No sé cómo exponer esta idea de una forma más clara y concisa que a continuación: no vas a llegar lejos sin dinero. Queramos o no, nos guste o no, necesitamos dinero para vivir una vida plena. Durante algún tiempo ya, nos han querido vender la idea de que el dinero es malo para el alma, el dinero todo lo corrompe. Pero la realidad es que, no importa lo que busquemos hacer, no importa el impacto que podamos tener con nuestro trabajo, de no poderlo monetizar, no podremos hacerlo durante mucho tiempo. Y no, eso no significa que el fin último de lo que hagas es hacer dinero. O quizá sí, y en lo personal, creo que está bien mientras se haga por las vías correctas.


En su libro Unscripted, Mj DeMarco menciona que deberíamos borrar de nuestro vocabulario la palabra dinero, o al menos, el significado que entendemos por dicha palabra. El autor propone que comencemos a ver el dinero como cupones de valor—un mecanismo para almacenar el valor percibido de lo producido, comunicado y entregado al mundo. Y si queremos más de estos cupones en nuestra vida, debemos ser más valiosos.


“Trata de no convertirte en un hombre de éxito, sino más bien trata de convertirte en un hombre de valor.” —dijo Albert Einstein en alguna ocasión. Porque cuando comienzas a verlo de esta manera, el dinero deja de ser el origen de todos los males en la tierra. Cuando comienzas a verlo de esta manera, el dinero se convierte en el valor que le das a las personas con tu trabajo, tus ideas, tu impacto y tu tiempo. No busques hacer más dinero, busca dar más valor, y como resultado, tener la capacidad de poder compartir tu magia y tu don con el mundo sin preocuparte cómo pagarás la renta el mes que entra.


Una vez que logres entender cada uno de estos factores, es momento de comenzar nuestro recorrido hacia el centro, es momento de ir hacia donde se cruzan los cuatro y encontramos Ikigai. Para llegar el centro, es necesario reflexionar sobre los siguientes cruces:


Tu pasión: se da cuando mezclamos lo que amas y para aquello que eres bueno. Cuando estaba en un campo de fútbol, todo tenía sentido. Era una sensación de control, bienestar y plenitud que transpiraba a través de todos mis poros. ¿Has escuchado hablar del estado de conciencia flow? Mihaly Csikszentmihalyi, psicólogo hungaro-estadounidense, lo describió como un estado de total inmersión en la tarea en cuestión y la situación. Es un estado en que las personas parecen estar tan involucradas en una actividad que nada más parece importar. El ego muere. El tiempo se va volando. Y cada acción, cada movimiento y cada pensamiento previo se hila con el siguiente para dar vida a una ejecución cuasi mística.


Si tienes la fortuna de haber experimentado este estado de conciencia, te puedo asegurar que fue en alguna actividad o situación que amabas, y que tu capacidad y tu habilidad, estaban justo en el nivel apropiado para sobreponerse al reto. Si experimentaste este estado, encontraste tu pasión donde se combina aquello que amas y donde también eres bueno.


Tu profesión: se da cuando se cruza aquello para lo que eres bueno y aquello que puedes monetizar. ¿Conoces a algún contador que ame lo que hace? Yo tampoco. Pero estoy seguro que, en la universidad o tal vez un poco antes, se dieron cuenta de que tenían una gran facilidad con los números. Generalmente, la gente termina trabajando en lo que es bueno, no necesariamente en lo que ama o lo que le gusta más. Si lo puedes monetizar, y además, eres bueno haciéndolo, quizá hayas encontrado tu profesión.


Tu vocación: es el resultado de combinar lo que el mundo necesita y aquello por lo que podrías cobrar. No sé de dónde nace esta idea. No sé si fue algo que me heredó mi madre o padre. No sé si lo encontré en algún libro, o quizá, esta idea me encontró a mi. Pero creo firmemente que, cada uno de nosotros, ha escuchado un llamado para hacer algo maravilloso de su vida. Cada uno de nosotros tiene algo único que ofrecer a este mundo y dejarlo aunque sea un poco mejor que cuando llegó a él.


Este llamado es lo que el mundo necesita. Quizá es algo que te molesta como el injusto trato que han sufrido las mujeres durante décadas al recibir un menor pago que los hombres por el mismo trabajo. Quizá es algo que sabes que puedes mejorar como la producción de alimentos al reducir su precio volviéndose más accesibles para comunidades marginadas. Si respondes a ese llamado, y además puedes ganar dinero, has encontrado tu vocación.


Tu misión: esta nace de la combinación de aquello que amas con lo que el mundo necesita. Similar a la anterior, pero con una diferencia significativa. En ambos casos, buscas responder a ese llamado, a ese fin último mucho más grande que tú. Pero cuando es tu misión, el dinero es lo de menos. Aquí encontrarás a las personas que hacen huelgas de hambre para acabar con el uso de combustibles fósiles. Están aquellas personas que, por más en desacuerdo que estemos en sus modos (esto me incluye a mí), le avientan sopa de tomate a un cuadro para poder llamar la atención. Si estás dispuesto a lo que sea por un fin mayor, quizá hayas encontrado tu misión.


Cada uno de estos cruces nos aporta algo sumamente valioso, pero al mismo tiempo, carecen de ese “algo” que le da sentido a nuestras vidas. Podrás amar y ser bueno en lo que haces, pero si no te pagan, no llegarás muy lejos. Podrás responder a tu misión en la vida, pero si no eres bueno haciéndolo, por más que lo ames, difícilmente podrás aportar algo.


Ocurre algo similar cuando se cruzan 3 factores en lugar de 2. Y lo más probable es que, en algún momento de tu vida, lo hayas experimentado. Es una sensación rara. Es un efecto que toma tiempo. Puedes estar contento, inclusive puedes estar feliz, pero un día algo sucede. Quizá mientras terminas el reporte mensual de ventas. O tal vez mientras sostienes la misma plática de todos los viernes con tu compañero de equipo, pero te das cuenta de que hay algo que le hace falta a tu vida, hay algo que simple, y llanamente, no está bien.


Es como ir a tu restaurante favorito, y por alguna razón, la comida no te sabe bien, no te sabe como siempre. Un chef nuevo quizá, o a lo mejor, tu estado de ánimo no era el óptimo, pero el restaurante que tanto amabas, pierde su magia en un instante.


¿Y sabes qué es lo más probable? El restaurante no cambió. Tú cambiaste.


Así es como termina esta búsqueda. Así es como encontramos el sentido de la vida. Dándonos cuenta que, la única constante en la vida, es el cambio.


Lo que amas, cambia.


Para lo que eres bueno, evoluciona con el tiempo